miércoles, 16 de febrero de 2011

La vieja que me alimentó

A través del fluido oleoso que alicataba aquel cuchitril, podía observarse la figura semi erguida de aquella cristiana mujer, siempre y cuando la cortina de humo pringoso que la solía envolver ejercía la condensación que lo adhería a las paredes. Servía ella, entre risotadas y demás improperios inteligibles, sus ricos manjares cocidos con la gracia de la grasa del tocino. A cada uno de los feligreses que se acercaban a procesionar en esa ceremonia, además de la ración acordada, la esperpéntica mujer le solía regalar, de forma gratuita,  un "Arrebáñame er jigo, peaso hijo la gran puta", articulado con esa grotesca voz que poseía y culminado con una atronadora carcajada.