viernes, 24 de mayo de 2013

Copiōsus

La abundancia era un todo con ella. La extensión de su parte muscular se hacía infinita allá escondida entre sus mantecas; virgenes de sus ojos. Pliegues cárnicos, cuales florituras versallescas, intentaban dibujar perfiles que muy pronto se volvían de nuevo una redondez; una rotonda en el Eterno Retorno. El horror vacui la colonizaba, la sometía, se le imponía y no dejaba de ser su absoluto soberano. Quizás haber guillotinado esas extensiones masacosas propias de su gravedad hubiera sido una solución fácil, pero la sencillez en su rococosa forma de ser no era un buen hábito. Así que siguió alimentando esa enormidad de la que siempre supo que era su único yo.




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